miércoles, 24 de abril de 2013

Un artista del trapecio - Franz Kafka - Ciudad Seva

Un artista del trapecio - Franz Kafka - Ciudad Seva:

Un artista del trapecio[Cuento. Texto completo.]Franz Kafka
Un artista del trapecio -como se sabe, este arte que se practica en lo alto de las cúpulas de los grandes circos es uno de los más difíciles entre todos los asequibles al hombre- había organizado su vida de tal manera -primero por afán profesional de perfección, después por costumbre que se había hecho tiránica- que, mientras trabajaba en la misma empresa, permanecía día y noche en el trapecio. Todas sus necesidades -por otra parte muy pequeñas- eran satisfechas por criados que se relevaban a intervalos y vigilaban debajo. Todo lo que arriba se necesitaba lo subían y bajaban en cestillos construidos para el caso.De esta manera de vivir no se deducían para el trapecista dificultades con el resto del mundo. Sólo resultaba un poco molesto durante los demás números del programa, porque como no se podía ocultar que se había quedado allá arriba, aunque permanecía quieto, siempre alguna mirada del público se desviaba hacia él. Pero los directores se lo perdonaban, porque era un artista extraordinario, insustituible. Además era sabido que no vivía así por capricho y que sólo de aquella manera podía estar siempre entrenado y conservar la extrema perfección de su arte.
Además, allá arriba se estaba muy bien. Cuando, en los días cálidos del verano, se abrían las ventanas laterales que corrían alrededor de la cúpula y el sol y el aire irrumpían en el ámbito crepuscular del circo, era hasta bello. Su trato humano estaba muy limitado, naturalmente. Alguna vez trepaba por la cuerda de ascensión algún colega de turné, se sentaba a su lado en el trapecio, apoyado uno en la cuerda de la derecha, otro en la de la izquierda, y charlaban largamente. O bien los obreros que reparaban la techumbre cambiaban con él algunas palabras por una de las claraboyas o el electricista que comprobaba las conducciones de luz, en la galería más alta, le gritaba alguna palabra respetuosa, si bien poco comprensible.
A no ser entonces, estaba siempre solitario. Alguna vez un empleado que erraba cansadamente a las horas de la siesta por el circo vacío, elevaba su mirada a la casi atrayente altura, donde el trapecista descansaba o se ejercitaba en su arte sin saber que era observado.
Así hubiera podido vivir tranquilo el artista del trapecio a no ser por los inevitables viajes de lugar en lugar, que lo molestaban en sumo grado. Cierto es que el empresario cuidaba de que este sufrimiento no se prolongara innecesariamente. El trapecista salía para la estación en un automóvil de carreras que corría, a la madrugada, por las calles desiertas, con la velocidad máxima; demasiado lenta, sin embargo, para su nostalgia del trapecio.
En el tren, estaba dispuesto un departamento para él solo, en donde encontraba, arriba, en la redecilla de los equipajes, una sustitución mezquina -pero en algún modo equivalente- de su manera de vivir.
En el sitio de destino ya estaba enarbolado el trapecio mucho antes de su llegada, cuando todavía no se habían cerrado las tablas ni colocado las puertas. Pero para el empresario era el instante más placentero aquel en que el trapecista apoyaba el pie en la cuerda de subida y en un santiamén se encaramaba de nuevo sobre su trapecio. A pesar de todas estas precauciones, los viajes perturbaban gravemente los nervios del trapecista, de modo que, por muy afortunados que fueran económicamente para el empresario, siempre le resultaban penosos.
Una vez que viajaban, el artista en la redecilla como soñando, y el empresario recostado en el rincón de la ventana, leyendo un libro, el hombre del trapecio le apostrofó suavemente. Y le dijo, mordiéndose los labios, que en lo sucesivo necesitaba para su vivir, no un trapecio, como hasta entonces, sino dos, dos trapecios, uno frente a otro.
El empresario accedió en seguida. Pero el trapecista, como si quisiera mostrar que la aceptación del empresario no tenía más importancia que su oposición, añadió que nunca más, en ninguna ocasión, trabajaría únicamente sobre un trapecio. Parecía horrorizarse ante la idea de que pudiera acontecerle alguna vez. El empresario, deteniéndose y observando a su artista, declaró nuevamente su absoluta conformidad. Dos trapecios son mejor que uno solo. Además, los nuevos trapecios serían más variados y vistosos.
Pero el artista se echó a llorar de pronto. El empresario, profundamente conmovido, se levantó de un salto y le preguntó qué le ocurría, y como no recibiera ninguna respuesta, se subió al asiento, lo acarició y abrazó y estrechó su rostro contra el suyo, hasta sentir las lágrimas en su piel. Después de muchas preguntas y palabras cariñosas, el trapecista exclamó, sollozando:
-Sólo con una barra en las manos, ¡cómo podría yo vivir!
Entonces, ya fue muy fácil al empresario consolarlo. Le prometió que en la primera estación, en la primera parada y fonda, telegrafiaría para que instalasen el segundo trapecio, y se reprochó a sí mismo duramente la crueldad de haber dejado al artista trabajar tanto tiempo en un solo trapecio. En fin, le dio las gracias por haberle hecho observar al cabo aquella omisión imperdonable. De esta suerte, pudo el empresario tranquilizar al artista y volverse a su rincón.
En cambio, él no estaba tranquilo; con grave preocupación espiaba, a hurtadillas, por encima del libro, al trapecista. Si semejantes pensamientos habían empezado a atormentarlo, ¿podrían ya cesar por completo? ¿No seguirían aumentando día por día? ¿No amenazarían su existencia? Y el empresario, alarmado, creyó ver en aquel sueño, aparentemente tranquilo, en que habían terminado los lloros, comenzar a dibujarse la primera arruga en la lisa frente infantil del artista del trapecio.
FIN

domingo, 21 de abril de 2013

(17) Cuentos Rusos *El Rey del Frío* - Taringa!

(17) Cuentos Rusos *El Rey del Frío* - Taringa!:


Cuentos Rusos *El Rey del Frío*

Érase que se era un viejo que vivía con su mujer, también anciana, y con sus tres hijas, la mayor de las cuales era hijastra de aquélla. Como sucede casi siempre, la madrastra no dejaba nunca en paz a la pobre muchacha y la regañaba constantemente por cualquier pretexto. 

-¡Qué perezosa y sucia eres! ¿Dónde pusiste la escoba? ¿Qué has hecho de la badila? ¡Qué sucio está este suelo! 

 

Y, sin embargo, Marfutka podía servir muy bien de modelo, pues, además de linda, era muy trabajadora y modesta. Se levantaba al amanecer, iba en busca de leña y de agua, encendía la lumbre, barría, daba de comer al ganado y se esforzaba en agradar a su madrastra, soportando pacientemente cuantos reproches, siempre injustos, le hacía. Sólo cuando ya no podía más se sentaba en un rincón, donde se consolaba llorando. 

Sus hermanas, con el ejemplo que recibían de su madre, le dirigían frecuentes insultos y la mortificaban grandemente; acostumbraban a levantarse tarde, se lavaban con el agua que Marfutka había preparado para sí y se secaban con su toalla limpia. Después de haber comido es cuando solían ponerse a trabajar. 
 
El viejo se compadecía de su hija mayor, pero no sabía cómo intervenir en su favor, pues su mujer, que era la que mandaba en aquella casa, no le permitía nunca dar su opinión. 

Las hijas fueron creciendo, llegaron a la edad de buscarles marido, y los ancianos calculaban el modo de casarlas lo mejor posible. El padre deseaba que las tres tuviesen acierto en la elección; pero la madre sólo pensaba en sus dos hijas y no en la hijastra. Un día se le ocurrió una idea perversa, y dijo a su marido: 
 
-Oye, viejo, ya es hora de que casemos a Marfutka, pues pienso que mientras ella no se case tal vez suceda que las niñas pierdan un buen partido; así es que nos tenemos que deshacer de ella casándola lo antes posible. 

-¡Bien! -dijo el marido, echándose sobre la estufa. 

Entonces la vieja continuó: 

 

-Yo ya le tengo elegido un novio; así es que mañana te levantarás al amanecer, engancharás el caballo al trineo y partirás con Marfutka; pero no te diré dónde debes ir hasta que llegue el momento de marchar. 

Luego, dirigiéndose a su hijastra, le habló así: 

-Y tú, hijita querida, meterás todas tus cosas en tu baulito y te vestirás con tus mejores galas, pues tienes que acompañar a tu padre a una visita. 

Al día siguiente Marfutka se levantó al amanecer, se lavó cuidadosamente, recitó sus oraciones, saludó al padre y a la madre, puso lo poco que tenía en el pequeño baúl y se engalanó con su mejor vestido. Resultaba una novia hermosísima. 
 

El viejo, cuando hubo enganchado el caballo al trineo, lo puso ante la puerta de la cabaña y dijo: 

-Ya está todo listo; y tú, Marfutka, ¿estás también preparada? 

-Sí, estoy pronta, padre mío. 

-Bien -dijo la madrastra-; ahora es preciso que coman. 

El anciano padre, lleno de asombro, pensó: «¿Por qué se sentirá hoy tan generosa la vieja?» 

Cuando terminaba la colación, dijo la esposa al asombrado viejo y a su hijastra: 

 

-Te he desposado, Marfutka, con el Rey del Frío. No es un novio joven ni apuesto, pero es, en cambio, riquísimo, y ¿qué más puedes desear? Con el tiempo llegarás a quererlo. 

El anciano dejó caer la cuchara, que aún tenía en la mano, y con los ojos llenos de espanto miró suplicante a su mujer. 

-Por Dios, mujer -lo dijo-. ¿Perdiste el juicio? 

-No sirve ya que protestes; ¡está decidido, y basta! ¿No es acaso un novio rico? Pues entonces, ¿de qué quejarse? Todos los abetos, pinos y abedules los tiene cubiertos de plata. No tendrán que andar mucho; irán directamente hasta la primera bifurcación del camino, luego tirarán hacia la derecha, entrarán en el bosque, y cuando hayan corrido unas cuantas leguas verán un pino altísimo y allí quedará depositada Marfutka. Fíjate bien en el sitio que te digo para no olvidarlo, pues mañana volverás para hacerle una visita a la recién casada. ¡Ánimo, pues! Es preciso que no pierdan tiempo. 

 

Era un invierno crudísimo el de aquel año; cubrían la tierra enormes montones de nieve helada y los pájaros caían muertos de frío cuando intentaban volar. El desesperado viejo abandonó el banco en que estaba sentado, acomodó en el trineo el equipaje de su hija, mandando a ésta que se abrigara bien con la pelliza, y al fin se pusieron los dos en camino. 

Cuando llegaron al bosque se internaron en él. Era un bosque frondoso, y tan espeso que parecía infranqueable. Al llegar bajo el altísimo pino hicieron alto, y el viejo dijo a su hija: 

-Baja, hija mía. 

Marfutka lo obedeció y su padre descargó del trineo el baulito, que puso al pie del árbol. Hizo que su hija se sentara sobre él y dijo: 
 

-Espera aquí a tu prometido y acógelo cariñosamente. 

Se despidieron y el padre volvió a tomar el camino de su casa. 

La pobre niña, al quedar sola al pie del altísimo pino, sentada sobre su baúl, sintió gran tristeza. Al poco rato empezó a tiritar, pues hacía un frío intensísimo que la iba invadiendo poco a poco. De pronto oyó allá a lo lejos al Rey del Frío, que hacía gemir al bosque saltando de un abeto a otro. Por fin llegó hasta el pino altísimo, y al descubrir a Marfutka le dijo: 

-Doncellita, ¿tienes frío? ¿Tienes frío, hermosa? 

-No, no tengo frío, abuelito -contestó la infeliz muchacha, mientras daba diente con diente. 

El Rey del Frío fue descendiendo, haciendo gemir al pino más y más, y ya muy cerca de Marfutka volvió a preguntarle: 

-Doncellita, ¿tienes frío? ¿Tienes frío, hermosa? 

Y la pobrecita niña no le pudo responder porque ya empezaba a quedarse helada. 

Entonces el rey sintió gran compasión por ella y la arropó bien con abrigos de pieles y le prodigó mil caricias. Luego le regaló un cofrecillo en el que había mil prendas lujosas y de valor, un capote forrado de raso y muchísimas piedras preciosas. 

-Me conmoviste, niña, con tu docilidad y paciencia. 

La perversa madrastra se levantó con el alba y se puso a freír buñuelos para celebrar la muerte de Marfutka. 

 

-Ahora -dijo a su marido- vete a felicitar a los recién casados. 

El viejo, pacientemente, enganchó el caballo al trineo y se marchó. Cuando llegó al pie del pino no daba crédito a sus ojos: Marfutka estaba sentada sobre el baúl, como la dejó la víspera, sólo que muy contenta y abrigada con un precioso abrigo de pieles; adornaba sus orejas con magníficos pendientes y a su lado se veía un soberbio cofre de plata repujada. 

Cargó el viejo todo este tesoro en el trineo, hizo subir en él a su hija y, sentándose a su vez, arreó al caballo camino de su cabaña. 

Mientras tanto, la vieja, que seguía su tarea de freír buñuelos, sintió que el Perrillo ladraba debajo del banco: 

-¡Guau! ¡Guau! Marfutka viene cargada de tesoros. 

Se incomodó la vieja al oírlo, y la rabia le hizo coger un leño, que tiró al can. 

-¡Mientes, maldito! El viejo trae solamente los huesecitos de Marfutka. 

Al fin se sintió llegar al trineo y la vieja se apresuró a salir a la puerta. Quedó asombrada. Marfutka venía más hermosa que nunca, sentada junto a su padre y ataviada ricamente. Junto a sí traía el cofre de plata que encerraba los regalos del Rey del Frío. 

La madrastra disimuló su rabia, acogiendo con muestras de alegría y cariño a la muchacha, y la invitó a entrar en la cabaña, haciéndola sentar en el sitio de honor, debajo de las imágenes. 

 

Sus dos hermanas sintieron gran envidia al ver los ricos presentes que le había hecho el Rey del Frío, y pidieron a su madre que las llevara al bosque para hacer una visita a tan espléndido señor. 

-También nos regalará a nosotras -dijeron-, pues somos tan hermosas o más que Marfutka. 

A la siguiente mañana la madre dio de comer a sus hijas, hizo que se vistieran con sus mejores vestidos y preparó todas las cosas necesarias para el viaje. Se despidieron ellas de su madre y, acompañadas del viejo, partieron hacia el mismo sitio donde quedara la víspera su hermana mayor. Y allí, bajo el pino altísimo, las dejó su padre. 

Sentáronse las dos jóvenes una junto a otra, decididas a esperar y entretenidas en calcular las enormes riquezas del Rey del Frío. Llevaban bonísimos abrigos; pero, no obstante, empezaron a sentir mucho frío. 

-¿Dónde se habrá metido ese rey? -dijo una de ellas-. Si continuamos así mucho rato llegaremos a helarnos. 

-¿Y qué vamos a hacer? -dijo la otra-. ¿Te figuras tú que novios del rango del Rey del Frío se apresuran por ir a ver a sus prometidas? Y a propósito: ¿a quién crees tú que elegirá, a ti o a mí? 

-Desde luego creo que a mí, porque soy la mayor. 

-No, te engañas; me escogerá a mí. 

-¡Serás tonta! 

Se enzarzaron de palabras y concluyeron por reñir seriamente. Y riñeron, riñeron, hasta que de repente oyeron al Rey del Frío, que hacía gemir al bosque saltando de un abeto a otro. 

Enmudecieron las jóvenes y sintieron al fin sobre el pino altísimo a su presunto prometido, que les decía: 

-Doncellitas, doncellitas, ¿tienen frío? ¿Tienen frío, hermosas? 

 

-¡Oh, sí, abuelo! Sentimos demasiado frío. ¡Un frío enorme! Esperándote, casi nos hemos quedado heladas. ¿Dónde te metiste para no llegar hasta ahora? 

Descendió un tanto el Rey del Frío, haciendo gemir más y más al pino, y volvió a preguntarles: 

-Doncellitas, doncellitas, ¿tienen frío? ¿Tienen frío, hermosas? 

-¡Vete allá, viejo estúpido! Nos tienes medio heladas y todavía nos preguntas si tenemos frío. ¡Vaya! ¡Mira que venir encima con burlas! Danos de una vez los regalos o nos marcharemos inmediatamente de aquí. 

 

Bajó entonces el Rey del Frío hasta el mismo suelo e insistió en la pregunta: 

-Doncellitas, doncellitas, ¿tienen frío? ¿Tienen frío, hermosas? 

Sintieron tal ira las hijas de la vieja, que ni siquiera se dignaron contestarle, y entonces el rey sintió también enojo y las aventó de tal modo que las jóvenes quedaron yertas en la misma actitud violenta que tenían; y todavía el Rey del Frío esparció sobre ellas gran cantidad de escarcha, alejándose por fin del bosque, saltando de un abeto a otro y haciendo gemir las ramas de los árboles bajo su agudo soplo... 

Al día siguiente dijo la mujer a su esposo: 

-¡Anda, hombre! Engancha de una vez el trineo, pon gran cantidad de heno y lleva contigo la mejor manta, pues con seguridad que mis hijitas tendrán mucho frío. ¿No ves el tiempo que está haciendo? ¡Anda! ¡Ve de prisa! 

El anciano hizo todo lo que le decía su mujer y marchó en busca de las hijas. Al llegar al sitio del bosque donde quedaron las doncellas levantó las manos al cielo con gesto desesperado y lleno de estupor; sus dos hijas estaban muertas, sentadas al pie del altísimo pino. Fue preciso levantarlas para depositarlas en el trineo y dirigirse a casa. 

Entretanto la vieja preparaba una comida suculenta para regalar a sus hijas; pero el Perrito ladró esta vez de nuevo bajo el banco de este modo: 

-¡Guau! ¡Guau! Viene el viejo, pero sólo trae los huesecitos de tus hijas. 

La mujer, encolerizada, le tiró un leño. 

 

-¡Mientes, maldito! El viejo viene con nuestras hijas y traen además el trineo cargado de tesoros. 

Por fin llegó el anciano, y salió la esposa a recibirle; pero quedó como petrificada: sus dos hijas venían yertas tendidas sobre el trineo. 

-¿Qué hiciste, viejo idiota? -le dijo-. ¿Qué hiciste con mis hijas, con nuestras niñas adoradas? ¿Es que quieres que te golpee con el hurgón? 

-¡Qué quieres que le hagamos, mujer! -contestó el viejo con desesperado acento-. Todos hemos tenido la culpa: ellas, las infelices, por haber sentido envidia y deseo de riquezas; tú, por no haberlas disuadido, y yo he pecado siempre dejándote hacer cuanto te vino en gana. Ahora ya no tiene remedio. 

 

Se desesperó y lloró la mujer con lágrimas de amargura y se rebeló contra el marido; pero el tiempo mitigó penas y rencores y al final hicieron las paces. Y desde entonces fue menos despiadada con Marfutka, la que pasado algún tiempo se casó con un buen mozo, bailando los dos ancianos el día del desposorio. 

miércoles, 17 de abril de 2013

El secreto de la bella Ardiane - Villiers de L'Isle Adam - Ciudad Seva

El secreto de la bella Ardiane - Villiers de L'Isle Adam - Ciudad Seva:

El secreto de la bella Ardiane[Cuento. Texto completo.]Villiers de L'Isle Adam
La casita nueva del joven guarda forestal de Eaux-et-Forêts, Pier Albrun, dominaba desde una ladera el pueblo de Ypinx-les-Trembles, situado a dos leguas de Perpignan, no lejos de un valle de los Pirineos Orientales abierto sobre la planicie de Ruyssors que en dirección a España limitan grandes abetales.

Inclinado por encima de un torrente cuya espuma borboteaba entre rocas, el jardín, desde donde se lanzaban dando sombra a mil flores semisilvestres bosquecillos de adelfas y algarrobos, incensaba con vapor de pebeteros la risueña quinta, y altos ciruelos, escalonándose por detrás de ella, diseminaban al roce de las brisas pirenaicas, olores de bálsamo sobre el pueblo. Era todo un paraíso aquella pobre y bonita vivienda que ocupaba, junto a su joven esposa, aquel guapo muchacho de veintiocho años, de piel blanca y ojos de valiente.

Su querida Ardiane, llamada «la bella vasca» a causa de sus antepasados, había nacido en Ypinx-les-Trembles. Primero espigadora -flor de surcos-, luego henificadora, luego, como todas las huérfanas del lugar, cordelera-tejedora, había crecido en la casa de una vieja madrina que la había acogido antaño en su casucha y que, a cambio, la chica había alimentado con su trabajo y cuidado a la hora de la muerte. La juiciosa Ardiane Inféral se había distinguido siempre, pese a su excitante belleza, por una conducta irreprochable. De tal manera que Pier Albrun, ex furriel de los tiradores de África, luego, a su regreso, sargento instructor del cuerpo de bomberos de la ciudad, luego dispensado de servicio por las heridas sufridas en los incendios, nombrado finalmente, por actos de servicio, para ocupar el puesto de guarda forestal jefe, se había casado con Ardiane después de unos seis meses de besos y de noviazgo.

Aquella noche, junto a la ventana completamente abierta sobre un cielo estrellado, la bella Ardiane, con un collar de coral, sus mechones negros a lo largo de las mejillas pálidas, esbelta, con una bata blanca, sentada en el sillón de paja trenzada y con su hermoso hijo de ocho meses agotándole el pecho, miraba con sus ojos negros un poco fijos, el pueblo dormido, el campo lejano y, allá lejos el inquieto verdor de los abetos. Sus aletas nasales, arqueadas, se agitaban voluptuosamente al percibir los soplos de la noche saturados de efluvios de flores; la boca mostraba sus dientes irisados y muy blancos entre el puro dibujo de sus labios color de sangre; la mano derecha, con una alianza de oro en el anular, jugueteaba distraída entre los cabellos ensortijados de su «hombre» que, a sus pies, apoyaba sobre las rodillas de su esposa su cabeza franca y alegre, y que sonreía mirando a su pequeño.

A su alrededor, iluminada por una lámpara sobre una mesa, se hallaba su habitación nupcial de paredes revestidas de grueso papel azul claro donde destacaba el brillo de una carabina; cerca del amplio lecho blanco, deshecho, una cuna al pie de un crucifijo; sobre la chimenea, un espejo y cerca de un despertador, entre candeleros de cristal, un manojo de enebros rosáceos en una urna de arcilla pintada, delante de los dos retratos enmarcados de espartería.

¡Indudablemente, aquella casa era un paraíso! Sobre todo aquella noche. Pues, en la mañana de aquel hermoso día los alegres ladridos de los dos perros del joven guarda forestal habían anunciado a un visitante. Era un ordenanza enviado por el Prefecto de la ciudad, que le había entregado a Pier Albrun el ancho tubo de hojalata que contenía -¡oh, alegría inmensa!- la Cruz de Honor así como el diploma y la carta ministerial especificando los títulos y motivos que habían decidido la nominación. ¡Ah! ¡Cómo se la había leído en voz alta, al sol, en el jardín, con las manos temblorosas por un orgulloso placer, a su querida Ardiane! «Por actos de bravura en diversos encuentros durante su servicio en el cuerpo de tiradores argelinos, en África; por su intrépida conducta como sargento instructor de los bomberos del partido judicial durante los sucesivos incendios que, en 1883, había sufrido la comuna de Ypinx-les-Trembles, los numerosos salvamentos que había realizado así como las dos heridas que, conllevando su exención de servicio, le habían merecido su puesto de guarda forestal jefe, etc., etc.».

Era por ello por lo que aquella noche Pier Albun y su esposa se entretenían junto a la ventana recordando toda aquella jornada festiva; aún apretaba él en el hueco de su mano, sin cansarse de mirarla de vez en cuando, la Cruz de cinta muaré roja. Un velo de felicidad y de amor parecía envolver a los dos bajo el resplandor silencioso del firmamento.

Mientras tanto la bella Ardiane miraba soñadora, a lo lejos, ciertos trozos de muros ennegrecidos y destruidos entre las casas y las cabañas blancas del pueblo. Los habían dejado abandonados, sin reconstruirlos. El año anterior, efectivamente, en menos de un semestre, Ypinx-les-Trembles se había visto de repente iluminado siete veces, en noches sin luna, por siniestros inesperados en medio de los cuales habían perecido víctimas de todas las edades. Según los rumores, eran obra de vengativos contrabandistas que, mal acogidos en el pueblo, habían venido en varias ocasiones a provocar aquellos incendios y luego, desaparecidos en los abetales, escondidos en los bosquetes de mirtos y tiemblos, escapando a la gendarmería que no podía perseguirlos hasta allí, habían logrado llegar a la frontera y a los montes. Después, sin duda los criminales habían sido detenidos en el extranjero por otros crímenes y los siniestros habían cesado.

-¿En qué estás pensando? -susurró Pier besando los dedos de la pálida mano distraída que acababa de acariciarle el pelo y la frente.

-En esos muros negros de los que procede nuestra felicidad -respondió lentamente la vasca, sin volver la cabeza-. Mira (e indicó con el dedo una de aquella ruinas) en el fuego de esa granja volví a verte.

-Yo creía que nos vimos allí por vez primera -respondió él.

-No, fue la segunda -continuó Ardiane-. Yo te había visto diez días antes en la fiesta de Prades pero tú, malvado, ni siquiera te fijaste en mí. Por vez primera me latió el corazón y sentí locamente que tú eras mi hombre… desde ese instante decidí que sería tu mujer y ya sabes que lo que quiero, lo quiero.

Tras haber erguido la cabeza, Pier Albrun miraba también las ruinas entre las casas completamente blancas a la luz de la luna.

-¡Ah, reservada, no me lo habías dicho! -continuó él sonriendo-. Pero fue en el incendio de aquella gran cabaña de detrás de la iglesia cuando, queriendo en vano salvar al anciano matrimonio cuyos huesos ni siquiera se encontraron entre los escombros, una viga ardiendo me hirió y tú me hiciste venir a casa de tu anciana madrina, la tía Inféral, donde me cuidaste tan bien, reconfortándome con aquel buen vino caliente… ya listo… que podría haberse pensado que… Es igual, ¡aquellos pobres viejos! ¡El corazón se me oprime sólo con pensarlo!

-Yo los añoro menos -dijo la vasca-; los conocí cuando era niña; me pagaban mal mis hilos y mis cuerdas: tres sous, cinco sous, y refunfuñando; la vieja reía irónicamente al verme bella...y luego ¡cómo trató de calumniarme con su infame boca! ¡Y sin darle jamás nada a los pobres! Así que, puesto que todos somos mortales… ¿Para qué servían aquellos avariciosos? Si las quemadas hubiéramos sido nosotras, habrían dicho: ¡Bien hecho! Y lo mismo, más o menos, habrían dicho de los demás. No pienses más en ellos. Mira, aquélla era la cabaña Desjoncherêts: ésa sí que ardía de lo lindo ¿verdad? Ese día me besaste por primera vez, después, en nuestra casa. Habías salvado al niño; ¡cuánto esfuerzo te costó! ¡cómo te admiraba! Te dije que estabas muy guapo con tu casco de reflejos rojizos... Aquel beso... si supieras...

Luego tendió su mano hacia el exterior y su alianza brilló bajo un rayo de luz. Y prosiguió:

-Luego, mira, tras ésa nos comprometimos; tras aquélla fui tuya en el troje; y tras esa otra tú ganaste finalmente tu fuerte y querida herida, Pier… Por lo tanto, me gusta mirar esos agujeros oscuros, le debemos nuestra alegría, el buen puesto de guarda forestal, nuestra boda, y esta casita… en la que ha nacido nuestro hijo.

-Sí -dijo Pier Albrun- eso prueba que Dios saca bien del mal… Pero, no importa, si tuviera al alcance de mi carabina al trío de facinerosos…

Ella se volvió con los ojos graves; sus cejas, contraídas, se juntaron formando una línea negra.

-Cállate, Pier -dijo- ¿Nos corresponde a nosotros maldecir las manos que prendieron el fuego? Le debemos, como te digo, hasta esa Cruz que aprietas en tu puño. Reflexiona un poco, mi querido Pier: sabes bien que la ciudad sólo tiene un servicio contra incendios para los arrabales y los tres pueblos; Prades y Céret están demasiado lejos. Tú, pobre sargento de bomberos, siempre alerta, metido en el cuartel sin posibilidad de permisos, teniendo que tener constantemente listos para cualquier emergencia a tus hombres, sólo podías salir de aquella prisión para tu servicio. Una sola ausencia podía dejarte sin paga y sin grado. ¡Necesitabais una hora para venir cuando había fuego!... Yo trenzaba mi cáñamo a razón de cinco sous al día en Ypinx, con la temblorosa vieja a mi cargo… y el invierno era muy duro… ¿Cómo irme a vivir a la ciudad sin venderme un poco como las demás? Y como comprendes, tú, mi único hombre, ¡eso no podía ser! Luego sin todos esos hermosos siniestros, yo estaría aún torciendo cuerdas en las callejas, en el pueblo y tú, tú, andarías aún entre fuegos; no nos habríamos vuelto a ver, no habríamos hablado, ni nos hubiéramos unido. Créeme, ¡eso merece lo que les pasó a todos aquellos… indiferentes!

-¡Cruel, tienes sangre de volcán en las venas! -respondió Albrun.

-Además -prosiguió ella con una extraña sonrisa que hizo que él se sobresaltara- los contrabandistas tienen otras muchas cosas que hacer antes que venir a ensañarse por nada. ¡Quita pues! ¡Deja que los simples de aquí piensen que fueron ellos!

El guarda, sin darse cuenta de lo que sentía, la miró inquieto en silencio, luego:

-¿Entonces quién fue? -dijo-. Aquí todo el mundo se quiere, se conocen, no ha habido ladrones ni malhechores jamás. Nadie sino esos asesinos de aduaneros tenía interés en… ¿Qué mano se habría atrevido… por venganza… a…?

-¡Tal vez fuera por amor! -dijo la vasca- Mira, ya sabes, si me enamoro… cielo y tierra perecen antes de que… ¿Qué mano dices? Veamos, Pier… ¿Y si fuera la que tienes ahí bajo tus labios?

Albrun, que conocía bien a su mujer, sobrecogido, dejó caer la mano que besaba y sintió que el corazón se le helaba.

-¿Estás de broma, Ardiane?

Pero la salvaje criatura perfumada, la bella fiera, en un embriagador impulso de amor, lo atrajo por el cuello y con una voz entrecortada cuyo aliento quemó el oído del joven, le susurró, muy bajito, por debajo del cabello:

-¡Yo te adoraba, Pier! Estábamos en la indigencia y prenderle fuego a esos cuchitriles era la única forma de vernos, de pertenecernos el uno al otro y de tener a nuestro hijo.

Ante aquellas horribles palabras, Pier Albrun, el ex buen soldado, se había levantado con las ideas confundidas y vértigo en las pupilas. Aturdido, se tambaleaba. De repente, sin decir ni palabra, el guarda forestal lanzó por la ventana hacia las tinieblas, hacia el torrente, la Cruz de Honor y de foma tan violenta que una de las aristas de plata de aquella joya, arañó una roca al caer e hizo surgir una chispa antes de hundirse en la espuma. Luego hizo un gesto hacia el arma colgada en la pared; pero su mirada se encontró con los ojos dormidos de su hijo y se detuvo, lívido, cerrando los párpados.

-¡Que este niño sea sacerdote para que pueda absolverte! -dijo después de un gran silencio.

Pero la vasca era tan ardientemente bella que, hacia las cinco de la mañana, y como los persuasivos deseos iban cegando poco a poco la conciencia del joven, su terrible compañera terminó por parecerle dotada de un corazón heroico. En definitiva, Pier Alrun, en las delicias de Ardiane Inféral, claudicó y perdonó.

Y, si hay que hablar francamente, después de todo, ¿por qué no iba a perdonarla? Otro, gritando un adiós ronco, se habría marchado y tres meses después los periódicos habrían relatado su muerte «gloriosa» en China o en Madagascar; el niño, dejado en la miseria, habría vuelto al limbo; y la vasca, mantenida en alguna ciudad, se habría encogido sin duda de hombros al conocer la noticia lejana que la convertía en viuda y, en voz baja, habría tratado al difunto de imbécil. Ésos habrían sido los resultados de una integridad demasiado rígida.

Hoy, Pier y Ardiane se adoran y -sin contar la sombra del secreto que guardan y que los une para siempre- parecen felices… Él consiguió repescar su Cruz, que se había ganado bien, por otra parte, y que lleva puesta.

En fin, si se piensa en lo que la humanidad admira, estima o aprueba, este desenlace, para todo espíritu serio y sincero, ¿no es el más plausible?
FIN
«Le secret de la belle Ardiane»,
Histoires insolites, 1888

miércoles, 10 de abril de 2013

La gallina degollada - Horacio Quiroga - Ciudad Seva

La gallina degollada - Horacio Quiroga - Ciudad Seva:

La gallina degollada[Cuento. Texto completo.]Horacio Quiroga
Todo el día, sentados en el patio, en un banco estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos, y volvían la cabeza con la boca abierta.
El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida.
Otra veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón.
El mayor tenía doce años y el menor, ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal.
Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y mujer y marido, hacia un porvenir mucho más vital: un hijo. ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación?
Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció bella y radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo examinó con esa atención profesional que está visiblemente buscando las causas del mal en las enfermedades de los padres.
Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el movimiento; pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su madre.
—¡Hijo, mi hijo querido! —sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de su primogénito.
El padre, desolado, acompañó al médico afuera.
—A usted se le puede decir: creo que es un caso perdido. Podrá mejorar, educarse en todo lo que le permita su idiotismo, pero no más allá.
—¡Sí!... ¡Sí! —asentía Mazzini—. Pero dígame: ¿Usted cree que es herencia, que...?
—En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su hijo. Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más, pero hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar detenidamente.
Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor a su hijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo más profundo por aquel fracaso de su joven maternidad.
Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo. Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los dieciocho meses las convulsiones del primogénito se repetían, y al día siguiente el segundo hijo amanecía idiota.
Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su amor estaban malditos! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia como en el primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos!
Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitióse el proceso de los dos mayores.
Mas por encima de su inmensa amargura quedaba a Mazzini y Berta gran compasión por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más honda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo, abolido. No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Animábanse sólo al comer, o cuando veían colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada más.
Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora descendencia. Pero pasados tres años desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad.
No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro bestias que habían nacido de ellos echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio específico de los corazones inferiores.
Iniciáronse con el cambio de pronombre: tus hijos. Y como a más del insulto había la insidia, la atmósfera se cargaba.
—Me parece —díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las manos—que podrías tener más limpios a los muchachos.
Berta continuó leyendo como si no hubiera oído.
—Es la primera vez —repuso al rato— que te veo inquietarte por el estado de tus hijos.
Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:
—De nuestros hijos, ¿me parece?
—Bueno, de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —alzó ella los ojos.
Esta vez Mazzini se expresó claramente:
—¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?
—¡Ah, no! —se sonrió Berta, muy pálida— ¡pero yo tampoco, supongo!... ¡No faltaba más!... —murmuró.
—¿Qué no faltaba más?
—¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería decir.
Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla.
—¡Dejemos! —articuló, secándose por fin las manos.
—Como quieras; pero si quieres decir...
—¡Berta!
—¡Como quieras!
Éste fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables reconciliaciones, sus almas se unían con doble arrebato y locura por otro hijo.
Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma, esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en ella toda su complaciencia, que la pequeña llevaba a los más extremos límites del mimo y la mala crianza.
Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita olvidóse casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo. No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de su hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para que el vaso no quedara distendido, y al menor contacto el veneno se vertía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel fruición es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una persona. Antes se contenían por la mutua falta de éxito; ahora que éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzado a crear.
Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda remota caricia. De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de las golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor a verla morir o quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga.
Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes pasos de Mazzini.
—¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces...?
—Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito.
Ella se sonrió, desdeñosa: —¡No, no te creo tanto!
—Ni yo jamás te hubiera creído tanto a ti... ¡tisiquilla!
—¡Qué! ¿Qué dijiste?...
—¡Nada!
—¡Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido tú!
Mazzini se puso pálido.
—¡Al fin! —murmuró con los dientes apretados—. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que querías!
—¡Sí, víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos, ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos!
Mazzini explotó a su vez.
—¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale al médico quién tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón picado, víbora!
Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita selló instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la ligera indigestión había desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los matrimonios jóvenes que se han amado intensamente una vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto infames fueran los agravios.
Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloró desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una palabra.
A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina.
El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo de conservar la frescura de la carne), creyó sentir algo como respiración tras ella. Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la operación... Rojo... rojo...
—¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina.
Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en esas horas de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente, cuando más intensos eran los raptos de amor a su marido e hija, más irritado era su humor con los monstruos.
—¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo!
Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco.
Después de almorzar salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron; pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija escapóse enseguida a casa.
Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca.
De pronto algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco horas paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla desfondada, pero aun no alcanzaba. Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto topográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó.
Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba pacientemente dominar el equilibrio, y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos tirantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más.
Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana mientras creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña, que habiendo logrado calzar el pie iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente sintióse cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo.
—¡Soltáme! ¡Déjame! —gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída.
—¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse del borde, pero sintióse arrancada y cayó.
—Mamá, ¡ay! Ma. . . —No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo.
Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija.
—Me parece que te llama—le dijo a Berta.
Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento después se despidieron, y mientras Berta iba dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio.
—¡Bertita!
Nadie respondió.
—¡Bertita! —alzó más la voz, ya alterada.
Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se le heló de horrible presentimiento.
—¡Mi hija, mi hija! —corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror.
Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso, conteniéndola:
—¡No entres! ¡No entres!
Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro.

lunes, 8 de abril de 2013

10 Curiosidades del papel higiénico

10 Curiosidades del papel higiénico - Taringa!:



10 Curiosidades acerca del  higiénico.

Breve recorrido por la historia de tan usual objeto.


Hoy en día en la mayoría de lugares del mundo y con excepción de algunos paraisos perdidos en el mundo, un objeto se dedica a hacer la vida más comoda a las personas. Estas son algunas curiosidades sobre este gran invento. 



 



1. Antes de la invención del papel higiénico se utilizaban materiales diversos: lechuga, trapos, pieles, césped, hojas de coco o de maíz. Los antiguos griegos se aseaban con trozos de arcilla y piedras, mientras que los romanos se servían de esponjas amarradas a un palo y empapadas en agua salada. Por su parte, los inuit optaban por musgo en verano y por en , y para las gentes de zonas costeras la solución procedía de las conchas marinas y las algas. 

2. Los primeros en crear y usar papel higiénico fueron los chinos, quienes en el siglo II A.d.C. ya diseñaron un papel cuyo uso principal era el aseo íntimo. Varios siglos más tarde (allá por el siglo XVI), las hojas chinas de papel destacaban por su gran tamaño (medio metro de ancho por 90 centímetros de alto). Sin duda, estas hojas estaban en consonancia con la posición jerárquica de sus usuarios: los propios emperadores y sus cortesanos. 

 



3. En higiene personal las clases sociales estaban bien delimitadas. Los antiguos romanos de las clases pudientes utilizaban lana bien empapada en agua de rosas, mientras que la realeza francesa utilizaba nada menos que encaje y sedas. La hoja de cáñamo era el más internacional de los materiales utilizados por los ricos y poderosos. 

4. Joseph C. Gayetty fue el primero en comercializar el papel higiénico allá por 1857. El producto primigenio consistía en láminas de papel humedecido con aloe, denominado “papel medicinal de Gayetty’, un auténtico lujo para los más hedonistas. El nuevo producto, de precio prohibitivo, se comercializaba bajo un visionario eslogan: “la mayor necesidad de nuestra era, el papel medicinal de Gayetty para el baño’. 

 



5. En 1880 los hermanos Edward y Clarence Scott comienzan a comercializar el papel enrollado que hoy conocemos. Una presentación en sociedad llena de obstáculos dados los muchos tabúes que rodeaban al nuevo producto. Por la época se consideraba inmoral y pernicioso que el papel estuviera expuesto en las tiendas a la vista del público en general. 

6. Pero el papel de los orígenes no era el producto suave y absorbente de nuestros días. En 1935 se lanza un papel higiénico mejorado bajo el reclamo de “papel libre de astillas’. Esto nos hace deducir que lo habitual de la época era que el papel higiénico contara con alguna que otra impureza. 

 



7. La importancia del papel higiénico en nuestros días es incuestionable, incluso el Gobierno de los Estados Unidos lo reconoció en 1944. El motivo de dicho reconocimiento fue: “su heroico esfuerzo en el suministro a los soldados durante la II Guerra Mundial’. 

8. Dicha importancia llegó a ser estratégica en la Operación Tormenta del Desierto de la Guerra del Golfo y el papel higiénico usado militarmente. El verde de los tanques estadounidenses contrastaba demasiado con las blancas arenas del desierto y no se contaba con el tiempo necesario para pintar los vehículos. Se optó por envolver los tanques en papel higiénico como técnica de camuflaje de última hora. 

 



9. De ser un producto denostado y vendido discretamente en la trastienda, el papel higiénico se ha convertido en el protagonista de pasarelas de moda, obras de arte y delicados trabajos de papiroflexia. Artistas plásticos de renombre como Christo, Anastassia Elias o Yuken Teruya han utilizado papel higiénico como material para sus trabajos. En el terreno de la moda, es célebre el certamen Cheap Chic Weddings Toilet Paper Wedding Dress Contest, que cada año reúne en Estados Unidos a las más originales propuestas de vestidos nupciales confeccionados con papel higiénico. 

10. El papel higiénico tal cual lo conocemos hoy en día ha experimentado un gran desarrollo a lo largo de los cerca de 140 años que han transcurrido desde su invención. A la doble capa del papel (incorporada en 1942) se suman tecnologías punteras que tratan de mejorar la suavidad. La última innovación del producto supone incorporar lociónes de karité, un fruto natural con reconocidas propiedades cosméticas.
 


Las Mujeres son enseñables


Las Mujeres son enseñables. - Taringa!:


Las Mujeres son enseñables.

"Folleto que fue pensado para ayudar a los jefes masculinos en la supervisión de sus  en las plantas nuevas RCA". C.1940S 

Fuentes de Información


El boludo que desafió al viento - YouTube

El boludo que desafió al viento - YouTube:


Comprar, tirar, comprar… la obsolescencia programada

180: Comprar, tirar, comprar… la obsolescencia programada:

Comprar, tirar, comprar… la obsolescencia programada Escucha el texto Escucha el texto

¿Qué tienen en común las lámparas incandescentes, las medias de nylon y las impresoras? Estos tres productos fueron diseñados para fallar. Así lo sostiene el documental “Comprar, tirar, comprar” de la realizadora alemana Cosima Dannoritzer que se puede ver en internet.

Publicado el: 4 de agosto de 2012 a las 17:11
Comprar, tirar, comprar.
Comprar, tirar, comprar.
El documental está disponible en la web de Televisión Española.
Cosima investigó durante tres años algunas leyendas urbanas, como que las medias de nylon de antes no se rompían o que las lámparas incandescentes duraban más. Detrás de esas leyendas Cosima encontró hechos y una decisión explícita de la industria de acortar la vida útil de los productos para aumentar las ventas.
Cosima habló con No toquen nada y explicó que esta forma de diseñar los productos de consumo se la conoce como “obsolescencia programada”. “Es un concepto que tiene que ver con cuánto duran los productos. Estamos en una época de mucha sobreproducción, entonces a la industria le interesa que las cosas no duren mucho. Si duran una vida muy corta, las tenemos que reemplazar continuamente y hay más movimiento en la economía”, explicó.
Esto comenzó en los años 20 cuando los niveles de producción eran tan altos que la gente no podía comprar todo lo que se sacaba al mercado. “Entonces se inventó este concepto con la idea de en vez de producir menos, vamos a vender más”, afirmó.
Una lámpara centenaria
El destacamento de bomberos de Livermore en California, Estados Unidos, aloja a la lámpara incandescente más antigua del mundo. Allí tienen una lámpara funcionando desde 1901. En junio cumplió 111 años en perfecto estado.
La lámpara es un punto de interés turístico de la ciudad e incluso se puede ver por internet a través de una webcam que instaló el destacamento de bomberos. De momento se rompieron dos webcams y la lámpara va por la tercera.
Pero ¿qué sucedió para que las lámparas tengan una duración breve? Cosima cuenta que los fabricantes se pusieron de acuerdo en limitar la vida útil de las lámparas a 1.000 horas y es el primer caso de la obsolescencia programada que está documentado. “En los años 20 los fabricantes sabían hacer bombillas que duraban hasta 2.500 horas. Hicieron nunca conferencia y se pusieron de acuerdo en que las bombillas debían durar solo 1.000 horas, más o menos un año en el uso normal. Todo el mundo firmaba un contrato y si una empresa hacía bombillas que duraban más, las multaban. Así poco a poco por los años 40 todos los fabricantes pasaron a hacer que duraran 1.000 horas y se ha mantenido hasta ahora ese sistema”, explicó.
El filamento de las lámparas fue inventado para que durara. Pero en la navidad de 1924, cuenta Markus Krajewski –investigador de la Universidad Bauhaus- en el documental, los principales fabricantes (como Philips y Osram) se reunieron en Ginebra y formaron el primer cártel mundial para controlar la producción de lámparas. El cartel se llamó Phoebus.
En 1925 se creó el “Comité de las 1.000 horas” para reducir técnicamente la vida útil de las lámparas.
Un documento del cártel que demuestra su existencia, dice que “la vida media de las lámparas no debe ser garantizada, publicitada u ofrecida por otro valor que no sea 1.000 horas”.
Cuando se inició el cártel en 1924 las lámparas tenían una duración de 2.500 horas. Dos años después la duración bajó a menos de 1.500. Para 1940 el cártel logró su objetivo: una lámpara estándar duraba 1.000 horas.
Algo similar ocurrió con las medias de nylon. En 1940 la industria química DuPont inventó una fibra sintética revolucionara: el nylon. El documental cuenta que cuando comenzó la fabricación de las medias de nylon, los trabajadores se las llevaban a sus mujeres y novias para que las probaran. Eran medias muy resistentes.
Pero el orgullo de los ingenieros que crearon un producto resistente de buena calidad duró poco. Si las medias no se rompían, los fabricantes no iban a vender mucho. DuPont dio instrucciones a sus ingenieros para que crearan una fibra más débil que se pueda romper con mayor facilidad.
Ejemplo actual: las impresoras
Hoy se siguen fabricando productos para que se rompan. Una práctica muy común en las impresoras. “Todavía se hacen cosas que están diseñadas para que no duren mucho. Esto se ha dado mucho en la electrónica porque puedes poner un chip que cuenta días o páginas de impresoras y luego dice: ‘ahora no puedo más’. Entonces pueden ‘hacer creer’ al aparato que están bloqueados. En el documental se ve cómo una impresora estaba programada, la desprogramamos y vuelve a funcionar”, afirmó la directora.
Las impresoras hogareñas como las Epson, Canon, HP y demás marcas, dejan de funcionar voluntariamente mostrando un mensaje de error y nos dicen que sólo el servicio técnico es capaz de repararlas.
Sin embargo, en el servicio técnico nos dicen que sale más barato comprar una nueva impresora que repararla. Este problema sucede por lo siguiente: las impresoras tienen un contador que va registrando la cantidad de hojas que van imprimiendo. Los fabricantes lo hacen por dos razones: una para estimar cuándo el cartucho se queda sin tinta y avisarnos que tenemos que sustituirlo, y otra, en el caso de las impresoras de tinta líquida, para limpiar los excesos de tinta que recogen unas esponjas (el fabricante dice que hay que limpiar esas esponjas para que nuestro escritorio no quede lleno de tinta).
Dependiendo del fabricante y del modelo, puede poner estos niveles, por ejemplo, en 600 hojas por cartucho y 5.000 hojas para que haya que llevarla al servicio técnico.
El problema es que los fabricantes no nos sugieren, sino que nos obligan a sustituir los cartuchos o llevar la impresora al servicio técnico en base a una estimación y no a un dato real del estado de la impresora.
En internet se encuentran métodos para resetear los contadores de las impresoras.
Estos tres casos que aparecen en el documental (las lámparas incandescentes, las medias de nylon y las impresoras) ponen de manifiesto las decisiones deliberadas de la industria para limitar la vida útil de los productos.
Demodé
Sin embargo, en el documental se habla de otra forma de obsolescencia programada incorporada a nosotros: la moda.
“Hemos asumido la obsolescencia programada en nuestras cabezas. Entonces muchas veces algo se rompe o funciona pero lo miramos y pensamos que nos gustaría algo nuevo. Estamos de esta manera también manteniendo el sistema”, afirmó.
El documental fue emitido por primera vez en Televisión Española en enero de 2011. Desde ese momento ha recorrido el mundo y ha ganado múltiples premios en España, Australia, Japón, China y Brasil.
Cosima contó cómo fue la repercusión del trabajo. “Las reacciones eran bastante fuertes. Ahora me llegan emails de estudiantes, de diseñadores, en el España hemos hecho muchas presentaciones para ver cómo podemos actuar en forma diferente como consumidores. En Alemania hay una página web donde están recolectando más casos. Creo que a mucha gente le ha gustado porque ha confirmado esa sospecha sobre el tema”, contó.
La directora ha estado en más de 50 festivales y cuenta que siempre hay mucho debate sobre cómo se puede cambiar y qué puede hacer cada uno.
Cósima considera que hoy hay mayor conciencia sobre los problemas ambientales y para la economía familiar que acarrea la obsolescencia programada.
Además hoy hay más cuestionamiento de los ciudadanos.
A través de internet hay mucha gente que está cuestionando la calidad de los productos que compran, o en el caso de las impresoras se encuentran foros que enseñan a solucionar las fallas programadas por los fabricantes.
También inician demandas colectivas contra los fabricantes como ocurrió con la corta duración de la batería de la primera generación de iPods (el reproductor de música de Apple) que para solucionarlo Apple decía que había que tirar el iPod viejo y comprar un nuevo iPod porque no hacía reemplazos de las baterías.
Los clientes perjudicados demandaron colectivamente a Apple y ganaron el juicio. Hoy la batería de los iPods se puede reemplazar por otra original sin tener que tirar el aparato.
La realizadora del documental “Comprar, tirar, comprar” está esperanzada en que las cosas cambien. “Hay más conciencia de que los recursos no son ilimitados, de que los materiales se van acabando, de que el aire no es tan limpio. Creo que la conciencia va creciendo. En los años 50, cuando estaba toda esta locura del consumismo, nadie pensaba en esto. Ahora hay una generación de gente de negocios, de diseñadores, que está trabajando en otra dirección”, señaló.
(En base a un informe de Gabriel Farías, de No toquen nada)

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alberto

martes, 7 de agosto de 2012 a las 11:33
porque siempre me intentan atacar los que no pueden firmar? porque estas lacras no se animan a firmar aunque sea con un nombre y su unico argumento es intentar insultarme? agradezco que me enaltezcas tanto, anonimo, no se si te das cuenta pero cada intento de agresion que escribis en el foro engrandece mis mensajes, porque porque si soy atacado por lacras incapaces de manejar argumentacion como vos, me haces parecer Einstein. Gracias por estar tan atento a mis intevenciones.... como buen reaccionario, reaccionas a mis escritos,,,, jamas logras poer nada que parezca inteligente y siempre lo haces escondido en el anonimato, cosas compresible teniendo en cuenta la calidad de tus intervenciones. espero que sigasn bien y que ejerzas tu voto, a un lider acorde con tus capacidades intelectuales que todos podemos valorar en el foro.. Tambien es muy interesante ver como los cenc¡sores del sitio no se molestan por el nivel academico de tus intervenciones, es evidente que se parecen mas a vos que a mi....no tengo dudas. con aprecio y esperando otra interesante intervecion desde la verguenza que destilas.

alberto

martes, 7 de agosto de 2012 a las 11:33
Che santino y vos te crees que los paises mas años luz mas desarrollados que nosotros se desarrollron vendiendo vaquitas y soja? o que dejaron enterrados sus recursos naturales para no afear el paisaje? vamos desperta y lee un poco de historia y enterate como hace y como hicieron los paises que estan en la punta del conocimiento para desarrollarse...... con dinero y como hicieron dinero, apelando a tood los que tenian a su alcance....manteniendo su teritorio como si fuese seva virgen.... lee enterate que no hace daño.... fijate que paso con los recurosos naturales en inglaterra alemania italia estados unidos japon corea.... y despues opina..

Pablo Miguez

lunes, 6 de agosto de 2012 a las 11:28
"El destacamento de bomberos de Livermore en California, Estados Unidos, aloja a la lámpara incandescente más antigua del mundo. Allí tienen una lámpara funcionando desde 1901. En junio cumplió 111 años en perfecto estado. La lámpara es un punto de interés turístico de la ciudad e incluso se puede ver por internet a través de una webcam que instaló el destacamento de bomberos. De momento se rompieron dos webcams y la lámpara va por la tercera. " Buenisimoooooooooooooo!!!!!!!!!!

otra vez alberto lmamadera

lunes, 6 de agosto de 2012 a las 07:44
Otra vez mamandosela al gobierno. Por lo imbecil, no podìas faltar mamandola.. Profundo es tu alcahuetería y mamaderez del gobierno.

juangarneche

lunes, 6 de agosto de 2012 a las 07:44
@nicolás: muchas gracias por el link! Haberlo encontrado antes, me habría ahorrado trabajo. Gracias de nuevo.

Santino

lunes, 6 de agosto de 2012 a las 07:42
Perá un cacho, bajame la música...PARA DESARROLLAR TECNOLOGIAS ALTERNATIVAS hay que invertir en minas a cielo abierto, centrales nucleares y puertos de aguas profundas??? Tas diciendo cualquier bolazo Alberto, o tas jodiendo no sé...pero es cualquiera lo que decís, además no tenemos por qué desarrollarla nosotros la tecnología, podemos perfectamente utilizar la desarrollada por paises años luz mas avanzados que nosotros...

Anonymous

lunes, 6 de agosto de 2012 a las 07:40
Clap clap

Alberto

domingo, 5 de agosto de 2012 a las 19:29
Gabriel es muy rro que despues de admitir que no sabes nada de fisica y quimica, te animes a opinar sin nigun tipo de fundamento tecnico.... esta noticia es muy vieja.... ya lo sabe todo el mundo medianamente informado. si no les sirve la tecnologia asi programada, no la compren, o desarrollen una alternativa, pero para eos hay que trabajar e invertir en ciencia y tecnologia y para eso se precisan hacer minas a cielo abierto , centrales nucleares y puertos de aguas profundas, como han hecho los paises que hoy dominan en el desarrollo tecnologico mundial... en uruguay no estamso dispuestos a eso, estasmodispuestos a quejarnos y a no hacer nada....conformemonos. queiren inventar tecnologia de larga duracion, bueno haganla...... tiene el dinero y el tiempo para hacerlo? parece logico que si no nos arriesgamos , debamos admitir nuestra posicion en el mundo, o acaso queremos que los otros hagan las cosas por nostros para nosotros como a nosotros nos parece.... un poco ridiculo no?

Alvaro

domingo, 5 de agosto de 2012 a las 18:30
Juan ... capaz que tenés razón ... pero vos al igual que todos consumimos cosas que no necesitamos, cambiamos de celular cuando no lo necesitamos, de Tv, y de muchas cosas cuando No las necesitamos, este tipo de videos no vana cambiar al mundo pero nos muestran que somos terribles nabos y nos creemos que no

Gabriel

domingo, 5 de agosto de 2012 a las 18:30
No coincido con juangarneche, ni los argumentos que utiliza para desmentir algo tan obvio: que las empresas hacen lo que sea para aumentar sus ventas, tasas de consumo y rentabilidad. No sé nada de física y química, pero si una lamparita está prendida hace 111 años y de 6 W... no puedo creer que HOY no se puedan hacer lamparitas de 100W que duren 10 años. No jodamos. Y eso dejando de lado que son mucho mejor las nuevas LED, a las que seguramente ya esten estudiando como limitar su vida util. Este año se rompió mi primer microondas, comprado en 1993 a U$S 100; hasta la fecha solo se le había cambiado la lamparita interna. Lo llevé al service: me miraron como si fuera de otro planeta, ya que darme un presupuesto costaba U$S 35... y comprar uno nuevo U$S 63 (y apuesto un pie que este nuevo no me va a durar 19 años). En las medias, me parece obvio (solo limitarse a salir con una mujer a una fiesta). En cuanto a impresoras... no sé si es verdad lo de los contadores "matadores", pero no conozco una impresora casera que dure más de un año; y ni hablemos de "formatos abiertos" o universales. Y lo mismo con los cargadores de los celulares (todos diferentes) y en casos más sonados en los ultimos años: el manejo de la nicotina en los cigarillos para que los fumadores aumenten su adicción (no importa el efisema pulmonar, importa la tasa de consumo), durante años vimos la publicidad de Aspirina mostrando 2 pastillas, cuando tomar una sola produce exactamente el mismo efecto, el aumento en escala geométrica de la cantidad de envases de refrescos PET de diferentes tamaños.... Hace poco leí una frase que resume un poco todo esto: "Hemos construído un sistema que nos persuade a gastar el dinero que no tenemos en cosas que no necesitamos, para crear impresiones que no durarán en personas que no nos importan". Es sociedad de consumo pura. Use y tire. Compre. Compre. Si no sirve, siempre va a poder comprar más.

Agustín

domingo, 5 de agosto de 2012 a las 18:19
Muy buen documental, dinámico y enfocado desde varios puntos de vista. Con imágenes de archivo, contrastadas con momentos actuales, pero siempre con las mismas conclusiones,hasta donde un artículo es realmente necesario??. vale la pena toamrse el tiempo para mirarlo. saludos

sergio

domingo, 5 de agosto de 2012 a las 17:30
me parece muy acertada la publicacion del articulo.convendria informar sobre lo peligrosa que es la rotura de las lamparas de bajo consumo,por el producto quimico que se libera al producirse esta

ALGUIEN

domingo, 5 de agosto de 2012 a las 17:28
Si la atención se centrara menos en el 'crecimiento' y más en bajar el nivel de consumo que impone la cultura del mundo capitalista serían mucho menos necesarios estos documentales. Pero claro, genera menos ganancias...

Gonzalo

domingo, 5 de agosto de 2012 a las 17:28
Juangarneche, esta mujer no quiere convencer a nadie. Tenés que mirar el documental antes de precipitarte impulsivamente a negar lo que en él se dice; vas a ver cómo todo se justifica con documentos y relatos objetivos.

daniel

domingo, 5 de agosto de 2012 a las 17:27
Juan, ¿no te parece que una lámpara que tiene 111 años, puede haber mermado bastante su capacidad de iluminar, fatiga de material que le dicen, pero que dista mucho de los 1 a 1 y medio que duran actualmente? Formatos abiertos o cerrados, ojalá la gente se diera cuenta de lo importante que es a la hora de la decisión de los estándares, y se decantara por los abiertos, pero la publicidad manda, y esa es la que te dice que tenés que tirar tu vieja computadora que ya tiene un año y comprarte una nueva... Soy de los defensores acérrimo de lo abierto, desde el código hasta los estándares, pasando por la educación. Y si, yo tuve una impresora, de una marca que empieza con E, que hacía mucho que no funcionaba en máquinas con software de Redmond (windows), pero que siguió corriendo e imprimiendo sin problemas cuatro años más, gracias a sistemas operativos de código abierto (Ubuntu, Suse y otras que probé), hasta que finalmente se rompió físicamente, y ya no había repuestos, sino, todavía la estaba usando.

nicolas

domingo, 5 de agosto de 2012 a las 17:27
dejo un link de una pagina de ciencia española muy bueno que explica un poco mas lo q dice juangarneche http://amazings.es/2011/11/29/obsolescencia-programada-lecciones-de-una-bombilla/

nestor

sábado, 4 de agosto de 2012 a las 19:15
Muy buen artículo, como es evidente cuando actúa el deseo, ningún producto podrá calmarlo, pues sólo se calma por otro deseo.Pero lo más trágico es que los dueños del planeta no tienen saciada su avaricia, no les alcanza con la ganancia de esos productos de la "obsolescencia programada", creando todo tipo de producto financiero(virtual) no tangible como la anterior economia y llevando a todos los países del 1er.mundo a su mayor recesión, la que, en algún momento tocará a los emergentes en distinto grado.

juangarneche

sábado, 4 de agosto de 2012 a las 19:15
La combinación perfecta: un poco de paranoia, teorías conspirativas y ausencia total de conocimientos. Si uno se fija en el sitio de la lámpara centenaria hay abundante información acerca de sus prestaciones: inicialmente prevista como de 40 W, actualmente da 6 W. Muy útil. Por otra parte se menciona los estudios que se hicieron para conocer la composición de los filamentos. Mientras a fines del siglo XIX se hacían a base de carbono (y daban menos luz) actualmente se los hace a base de tungsteno el cual levanta más temperatura y da más luz y más cercana al blanco. La autora olvida mencionar que las lámparas incandescentes están siendo reemplazadas por las supuestamente "ecológicas" (una gran chantada) y últimamente por las LED (un gran acierto). Por lo tanto, su documental patina en cuanto a las lámparas, y mucho. Con leer un poco y saber algo de física y química alcanzaba. O con llamar a algún conocido que entienda del tema. De medias de nylon no sé nada, pero respecto a las impresoras hay razones más sencillas para tirarlas: un cartucho de recarga sale más caro que una impresora nueva. Lo que hacen las compañías para que se recurra a su service sí es una chantada, pero hay formas de evitar recurrir a ellos si se lo desea. Entramos allí en un tema mucho más interesante pero mucho más cargado ideológicamente como lo son los formatos abiertos y cerrados. Si los cartuchos fueran de formato abierto se dejaría de depender de las marcas y se podría comprar a quien se quisiera o mantener la impresora con quien se desee. Pero más allá de llamar a su service o al muchacho de la esquina, es un hecho independiente de la vida útil del artefacto. En definitiva, no me convence para nada la historia que propone esta mujer.

Héctor Pellejero

sábado, 4 de agosto de 2012 a las 19:13
Me parece muy interesante el artículo, como es natural de esperar de 180.